Espero que os guste. Os dejo también un enlace a una web en la que puedes pasear virtualmente por la Cuenca de hace siglos y ver su evolución. Está en la barra lateral del blog.
ECN
CAPÍTULO XXIX
La
villa colgada entre dos ríos…
«Nos
alejamos de Flandes, busqué otro lugar para vivir con tranquilidad, era lo
mejor para una niña que nunca había convivido con más de diez personas. Decidí
arriesgarme más al sur, con un clima más benigno y en el que luciera el sol;
regresé a Hispania, ahora dividida entre cristianos y musulmanes, esa vez para
una estancia más prolongada y nos establecimos, después de varios años, en
Castilla. El centro del reino había sido reconquistado por los cristianos hacía
ya muchos años y el crecimiento de la villa que elegí, favoreció mi decisión. El
sitio en cuestión estaba alcanzando la calidad de villa y la construcción de
una gran iglesia gótica donde antes estaba la mezquita, manifestó el cambio de
gobierno y religión, la población se extendió desde el castillo, en la parte
alta, hasta los límites de los dos ríos que la envolvían con sus hoces y cuyo
cerro rocoso albergaba a sus gentes. Una villa fortaleza que aprovechaba el
terreno para protegerse y que los musulmanes, los primeros en establecerse
allí, llamaron Kunka. Fue nuestro hogar desde ese entonces.
No tengo claro por qué elegí ese lugar, habíamos
visitado varios territorios de la península. Recuerdo nuestro paso por San
Isidoro de León, una imponente edificación del primer románico que destacaba
por las pinturas de su panteón entre las que admiré las representaciones de
Adán y Eva, el Pantocrátor, la última cena o las escenas de labradores, de
trazos sublimes en negro y colores vivos. Todas las pinturas estaban destinadas
a enseñar a los que no sabían leer, una biblia en la piedra de sus bóvedas y
capiteles. La oscuridad del lugar y la sensación de poca altura, nos hacía
sentir todo el poder de su espiritualidad, aún me acuerdo de la carita de
Maddie mientras las contemplaba; yo en esos días estaba más interesado en los
manuscritos y códices que se custodiaban en el claustro del complejo de la
colegiata y, después de conocerlos, busqué otros lugares para descubrir y
enseñar a la niña. Maddie contaba con unos doce años de edad y dominaba a la
perfección el idioma que en todo ese tiempo me dediqué a enseñarle, atrás
quedaba la vida de reclusión y exclusión que llevaba en la leprosería, era
capaz de leer, escribir y hablar en varias lenguas, algo inusual para las
mujeres de ese tiempo.
